Diametralmente opuesta es la escenificación que Ludwik Margules ha realizado en Xalapa, con otra compañía universitaria: aquella de la Universidad Veracruzana.
El viejo lobo del teatro ha interpretado Un hogar sólido (“una obra tan divertida”, me comentaba Emilio Carballido hace un par de semanas) a la luz de A puerta cerrada, pero sin los “alaridos metafísicos” que, según Gabriel Said, caracterizan la obra de Sartre.
Atrapados literalmente en una inmensa cripta de ladrillos blancos (otra “transformación radical del espacio” practicada, en este caso, al Teatro La Caja) y reducidos a la inmovilidad, los personajes se enfrentan al más terrible de los mundos posibles: el infierno de convivir eternamente junto a sus semejantes.
Sujetos a la devastadora síntesis de elementos escénicos en que está empeñado el director, no todos los actores logran convertir el material dramático en su propio e infinito tormento. Entre ellos sobresale, sin embargo, la excelente actriz que es y ha sido Miriam Cházaro.
Criticado durante años por su supuesta indiferencia frente a la dramaturgia nacional, Margules se ha echado a cuestas, con su fuerza proverbial, la tarea de derribar la nopalera tras la que se ocultan los rostros verdaderos.
A él, y al inolvidable Augusto Benedico, debemos la resurrección del Ibargüengoitia dramático; a su radicalidad, el rencuentro con un Liera despojado de ornamentos paisajísticos y la transformación del “realismo mágico” en un laberinto mental. Y ahora, desde la periferia del deslucido circuito teatral, excava en la morada eterna de Elena Garro. Habría que agradecerle ya tales profanaciones.