Las
criadas. [Inserción manuscrita de la autora.] Teatro Fábregas. Autor, Jean Genet.
Dirección y traducción, José Luis Ibáñez. Escenografía, Juan Soriano.
Reparto: Ofelia Guilmain, Rita Macedo y Meche Pascual.
Poesía en Voz Alta ha escogido para su sexto programa Las criadas, de Jean Genet, obra de una alta calidad literaria
que ha suscitado una gran cantidad de controversias. Ello se debe a la
diversidad de ángulos que tiene para enfocarse.
Jean‑Paul
Sartre, según tengo entendido, hizo un estudio de la obra en el que analiza
frase por frase, detalle por detalle, con objeto de descubrir la
personalidad, las angustias y los conflictos del autor.
Hay quienes buscan el lado
morboso, al saber que Genet pensó originalmente desarrollar su obra entre dos
criados hombres. Hay quienes tratan de analizarla desde el punto puramente
teatral y encuentran todo aquello que el autor usa como novedoso. Sólo que
entonces, analizándola de este modo, las criadas nos resultan un par de
alucinadas, y la señora, una extravagante.
Si tratamos de encontrar,
en cambio, como en toda obra de arte, su conexión con su época ambiente y con
la postura, filosófica, existencialista,
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DIORAMA TEATRAL
Por MARA REYES
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del autor, entonces tal vez comenzaríamos a
vislumbrar un nuevo ángulo de enfoque. ¿Qué simbolizan sus personajes y qué
finalidades persigue a través de ellos el autor? Esto es lo que debemos
respondernos.
Desde
luego hay implícita en la obra toda la angustia que se vive en nuestra época,
pero, ¿por qué se planea la obra poniendo precisamente como personajes
principales a dos criadas? Indiscutiblemente porque quiere darles el
carácter y sello de subordinación y de dependencia a una voluntad extraña. El
hecho de personificarlas como tales las coloca en una situación en que viven
una vida miserable, llena de frustraciones, de insatisfacción, en que no
tienen nada suyo, propio, ellas deben aceptar una forma de conducta sujeta a
determinado cartabón, a las necesidades y los caprichos de la patrona, de ahí
su postura ambivalente hacia ella. Es decir, ellas representan al hombre
sujeto a su destino y al mismo tiempo consustancial con él; el hombre es su
propia soledad y a través de ella su propio destino, como una “mismidad”. No
está visto el encadenamiento del hombre a su destino en el sentido helénico,
no lo plantea como atributo, sino consustancial a él.
Ahora bien, esta condición
y los anhelos inherentes a su situación humana les hace a las criadas anhelar
una serie de cosas y crear la fantasía de la señora corno una forma de
compensación. La señora es la poseedora de las joyas, los vestidos, los
perfumes; ella personifica sus anhelos, sus ambiciones, sus deseos más
íntimos; ella es todo aquello que el hombre quiere y no puede llegar a ser.
Saben las criadas que jamás serán la patrona, aun cuando juegan a serlo, pero
hay un hecho: nunca pueden terminar el juego. Soledad mata a Clara -cuando ésta finge ser la
señora- sin
embargo, Clara no ha muerto, la vuelve a matar y tampoco lo logra, ¿por qué?
Porque ellas no pueden matar la fantasía, el encadenamiento al destino es tan
rígido y tan pavoroso que Soledad jamás puede jugar a que ella es la patrona,
incluso en el “juego” ella tiene su papel miserable. Y al escoger
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Clara su
propia muerte, nos está diciendo que es la única posibilidad, ya que no
pueden matar nada, ni sus ideales, ni su destino. Lo único que tienen
como propio en la vida es su propia muerte. Tal parece que el autor nos
quisiera demostrar a través de todas estas situaciones tan dramáticas y tan
elaboradas que la vida no es sino producto de la muerte y el destino. Ellas
son el hombre y su destino, y lo que no muere es la Soledad. La señora son
los ideales (desde el placer, hasta lo metafísico) y su propia muerte es lo
único que da sentido a su vida.
En cuanto a la dirección,
fue un verdadero alarde, se esté o no de acuerdo con la interpretación que de
la obra ha hecho José Luis Ibáñez. Ante
todo Ibáñez ha querido respetar y resaltar por un lado la idea que el autor
tiene sobre el aprovechamiento todos los elementos de ficción y por otro el
dramatismo de la obra.
Se
observa su mano en cada parlamento, en cada movimiento. Ha sido más que nada
un dominio sobre la forma, lo que nos ha demostrado. Sólo un verdadero
talento puede sacar adelante las difíciles escenas que plantea la obra, como
aquella en que Soledad le acaricia los pies a Clara y muchas otras.
La escenografía muy de acuerdo con el estilo de la obra, con grandes
aciertos plásticos y en cuanto a la actuación -esta obra es de especial
lucimiento para las actrices- Ofelia Guilmain está verdaderamente magistral; Rita Macedo muy bien
también, aunque en ocasiones exagera sus gestos faciales, y Meche Pascual, como nunca, ágil, desenvuelta, llena de luz. En una
palabra, es una obra con la cual puede uno estar en desacuerdo absoluto,
disentir de su postulados de modo contundente, pero no por esto puede dejar
de verse y de discutirse. Poesía en Voz Alta se anota con ella un triunfo
más. .
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