Juan José
Gurrola, actor y director, en la obra de Héctor Azar, El Alfarero. [Pie de foto.]
Recientemente
el Departamento de Difusión Cultural de la UNAM inició un ciclo de lecturas
al que se han llamado “Lunes trágicos” con la intención de difundir las obras que por su corte y
carácter son de difícil escenificación. El ciclo principió con una
interpretación personal de Alfonso Reyes sobre Ifigenia cruel y continuó después con una serie de tres obras a
la que titularon Tres Hécubas a través del tiempo. La primera de ellas leída por Ofelia Guilmain fue La hija de dios
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DIORAMA TEATRAL
Por MARA REYES
El alfarero [Inserción manuscrita de la autora.]
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de José Bergamín que maneja
estupendamente el lenguaje, sitúa la acción en la España actual, pero da
a la obra la forma, el tono y el carácter de tragedia griega, esto sería muy
valioso si el escritor hubiera dejado que sus personajes se desarrollaran en
el ambiente y con la sensibilidad propia del pueblo español, en vez de tratar
a toda costa de imprimir a los personajes un sentir helénico que no concuerda
con su espíritu. La segunda Hécuba leída fue Polixena del abate Marchena; a pesar de haber sido leída por una
gran actriz como es Amparo Villegas, no pudimos comprender la obra con
suficiente claridad debido a que la señora Villegas confundió el teatro
representado con el teatro leído, y grandes trozos de la tragedia los leyó
sin mencionar a qué personaje pertenecían los parlamentos, cosa que hizo
confuso el texto. La siguiente tragedia fue Hécuba triste de Fernán Pérez de Oliva, indudablemente la
mejor de las tres; fue muy bien leída por Nancy Cárdenas.
Otra
actividad de Difusión Cultural fue la presentación de dos obras de Héctor
Azar, de las que daremos una ojeada rápida.
Se trata de La apassionata y El alfarero, ambas dirigidas
magistralmente por Juan José Gurrola. En ellas se plantea la problemática del
mexicano frente a la vida y frente a la muerte. En La apassionata vemos una familia
pobre citadina, con su tremenda insatisfacción y frustración, lo que origina
una agresividad y busca como refugio la muerte, una muerte que deviene
intrascendente por la falta de valores en la vida. |
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La
segunda, El alfarero, tiene el
mismo planteamiento, pero llevado al ambiente rural; en ella se percibe
un sentido más trágico de la vida y esa imposibilidad de superación.
Lo que más resalta en esta obra es su intemporalidad, en el transcurso
del drama vemos toda la vida del hombre, desde antes de su nacimiento, y sin embargo, nos da la impresión
de que el tiempo no pasa. Y esto tiene un porqué: para el campesino el tiempo
no significa progreso, sigue viviendo en la miseria, sigue viviendo
en un atraso de siglos; para él lo mismo es ayer, que hoy, que mañana. De
allí que la muerte la vea con toda naturaleza; mueve la madre, el padre,
la hija, muere el nieto; y el sacerdote que al llegar al pueblo
quiere redimir, quiere sacrificarse, quiere ayudar, en lugar de ello resulta
negativo; ante su fracaso, tiene que huir por el camino del suicidio.
Las dos obras están
escritas en un lenguaje extraordinariamente poético, y Azar maneja
los símbolos con todo acierto. Si la calidad de ambas obras es muy alta,
en cuanto a la dirección, creemos que es una de las aportaciones
valiosas al teatro mexicano. Si hiciéramos un parangón en cuanto a su
técnica, veríamos una correspondencia con la de Luis Buñuel.
Ocurre un
fenómeno curioso, los actores dan la impresión de ser manejados
totalmente por el director y esa impresión, podríamos llamar, externa,
produce la sensación de que los personajes están encadenados a su destino y
no pueden obrar de otro modo del que lo hacen.
Juan José
Gurrola, en El
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alfarero, rompe con la tradición
teatral, y en lugar de buscar un clímax en cada escena, busca por el
contrario una especie de monotonía, esto podría considerarse como
“antiteatro”, pero es precisamente esto lo que otorga a la obra su carácter
intemporal y es uno de sus más grandes aciertos, a más de muchos otros que
no nos es posible enumerar. De las actuaciones es difícil mencionar a los que
sobresalen pues cada uno de ellos es una parte de un todo y éste, observado
como unidad, resulta perfecto. Queremos, sí, mencionar el Ángel
Nuncio -Roberto Rojas- de La apassionata, pues es la personificación de los
famosos ángeles de Chucho Reyes,
lo mismo que al Pegaso -Alberto Dallal- que no es
otra cosa que la representación de una figura de Metepec, de la que el
alfarero -el propio Juan
José Gurrola es el intérprete de éste- extrae el consuelo y el afecto
que requiere.
Muy bien
las actuaciones de María de la Paz B., Jana Kleinburg,
Carmen Bassols, Luz del Amo, Héctor B. Ortega, y
por supuesto Juan José Gurrola y todos los integrantes de este trabajo
verdaderamente valioso de teatro experimental, en su verdadera concepción.
Otro
elemento que hay que mencionar es la música, ese radio que canta
persistentemente en El alfarero pidiendo la muerte, que es el camino que escogen en las dos obras todos los
personajes; y en La apassionata esa ópera tocada a tiempo diverso del suyo.
Otro
acierto extraordinario es la escenografía, especialmente en La apassionata,
con sus entradas y salidas por las puertas de los muebles y que dan la
impresión exacta de la estrechez con que vivimos.
Esta labor de la UNAM es
digna de todo encomio, ya que además de su calidad, está a la mano de todo
aquel que se interese, ya que la entrada a estos espectáculos es gratuita.
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